Con 800 heridos, nadie con un juicio que no esté sesgado por el fanatismo puede decir que lo de ayer se consumó fue un referéndum.

Los españoles, que durmieron poco, desvelados por los análisis del periodismo televisivo sobre lo que podría suceder en Cataluña desde las primeras horas de la mañana, se han ido ya a la cama, sumidos en una mezcla de perplejidad, desencanto y enojo. El peso de las proporciones de aquellos sentimientos varía en cada uno según el sesgo que la propia ideología impone, pero algo es seguro: nadie se siente cómodo en como quedaron las cosas.

Se ha constatado en primer lugar que la política no ha sabido o no ha querido solucionar una cuestión que muchos ciudadanos percibían que sí podía encontrar una vía pacífica y negociada de solución.

Una jornada que ya ha quedado inscripta como una de las más dramáticas de la historia de la democracia española, tras la muerte del dictador Franco.

Las imágenes que hoy han dado la vuelta al mundo mostrando a la policía tratando de desbaratar un frágil pero persistente operativo plebiscitario son tan elocuentes que eximen que se narre los pormenores del enfrentamiento. Pero sí creo necesario agregar alguna información que quizá contribuya a ajustar la secuencia final con la que se quede quien no ha podido seguir con atención toda la película.

Lo primero es lo primero. Se ha tratado de un referéndum secesionista auto convocado por una comunidad autónoma que es parte de un estado nacional que desconoce constitucionalmente esta posibilidad. Es decir, tanto su convocatoria como su resultado resulta ilegitimo para aquel que desee vivir en un Estado de derecho. A partir de esta premisa el gobierno central conducido por Mariano Rajoy impulsó que sean las autoridades judiciales correspondientes quienes articulasen cómo hacer frente al desacato. A tal efecto se instrumentaron en los días previos decenas de acciones legales de todo tipo y durante la jornada de hoy el despliegue de un impresionante operativo policial para hacer cumplir tales disposiciones.

El gobierno de la Generalitat impulsó la votación desafiando al gobierno central, aun cuando era evidente que sus resultados no podrían ser tomados legítimamente en cuenta. Fue una demostración de fuerzas.

El resultado ha sido más de 800 personas heridas (dos de ellas de gravedad); pero también una convivencia democrática devaluada a niveles muy alarmantes. La policía en ningún momento ha salido a golpear votantes, sino que ha ejercido la fuerza contra aquellos que impedían que se removiesen los elementos que permitían que se consumase una ilegalidad, concretamente las urnas.

No hubo golpes contra nadie por votar o por querer hacerlo, sino fuerza ejercida contra los que impedían que se retirasen las urnas u obstaculizaban la entrada para que estos efectivos policiales se las llevasen. El matiz es mínimo pero en medio de esta guerrilla semiológica es importante intentar rescatarlo. Porque ya pasado todo lo que ha pasado, ahora queda dirimir culpas y ver quién es que deberá pagar los platos rotos.

Este anunciado choque de trenes deja dos fotos que jamás deberían ir juntas en un país como España. Gente votando alegremente y policía intentando evitarlo.

Nadie con un juicio que no esté sesgado por el fanatismo puede decir que lo de hoy se consumó fue un referéndum…

La votación ya hace mucho que se declaró ilegítima e ilegal, con lo cual todo lo que hoy sucedió a favor o en contra no es válido. Es como esos goles que hacen algunos futbolistas cuando no advierten que el referí ya pitó el offside, dando por anulada toda la jugada.

El gran éxito de los “soberanistas” es haber transformado esta manifestación popular, cívica y valiente, en una evidencia incontestable de la gran voluntad que tiene el pueblo de Cataluña de expresarse contra las decisiones de un gobierno central cada vez mas detestable.

El voto ya no es lo importante. Sino la movilización de la sociedad catalana en pro de obtener más derechos y libertades para expresar qué es lo que desean ser.

El asunto no es simple. Porque no se trata de catalanes contra el resto de España intentando ser independientes. No se trata -como pretenden mostrar algunos- de David luchando contra Goliat. Eso es un reduccionismo que desdibuja toda la complejidad del asunto. En la base de todo hay una fuerte confrontación entre los mismos catalanes que si bien hasta el momento siguió un formato de tolerancia presenta ahora una sociedad fuertemente dividida sobre si seguir siendo española o solamente catalana.

Porque las aguas están divididas, y así como miles se manifiestan en pro de la independencia muchos otros no quieren verse manipulados por los actuales dirigentes radicalizados del gobierno catalán. De hecho, en Cataluña se han juntado partidos que son adversarios entre sí, como el PSOE y Ciudadanos, para apoyar al Estado Nacional pero proponiendo una salida diferente a todo este entuerto.

Una posibilidad sería que lograsen un veto de censura al actual Govern y que se llamase a nuevas elecciones, que sería de por sí un plebiscito legal mucho más claro.

La otra es que la crisis de gobierno se extendiese a nivel nacional y sea el propio gobierno actual del PP el que disuelva las cortes para llamar a nuevas elecciones.

Sea como sea, se ha pasado a una instancia de juego más elevado.

Al filo de la medianoche ibérica, según las cifras provisorias que se anuncian desde la Generalitat de Cataluña, hubo alrededor de dos millones de catalanes que han acudido hoy a votar, de los cinco que componen el padrón electoral.

Cifras que darán para largas discusiones. Pero sin duda algo quedó más claro: el triunfo del “catalanismo” en cualquier caso no ha sido ese (o solo ese): mientras este atacó con una carga de comunicación digital de alto voltaje el gobierno de Rajoy reaccionó con torpes respuestas analógicas.

Mañana será un nuevo tiempo para todos. Se inicia una semana de muchas explicaciones, comparecencias y decisiones.

Las dos partes que han provocado este dramático enfrentamiento pareciera que ya no sirven para resolverlo. El Partido popular de Rajoy demostró que no puede gestionar eficazmente esta crisis para hallar soluciones porque sencillamente es parte del problema. Y quienes actualmente conducen el gobierno catalán y la suerte de su futuro deberán dejar de ningunear a los que aún no se han querido expresar por la independencia; estos se dan cuenta ahora que no pueden permanecer “equidistantes”.

Los que han estado callados deberán encontrar las voces que expresen con mayor claridad sus sentimientos y sus posiciones. Ser catalán sin dejar de ser español. Así, mientras el gobierno de Mariano Rajoy ve qué hacer para cambiar su fallido libreto, las fuerzas políticas de Cataluña deberán dialogar sin medir cantidad de gente en la calle sino argumentos viables y consensuados en su propio parlamento.

Fuente: visionliberal.com.ar