Escribo estos apuntes a las tres de la mañana mientras intento representarme el drama que se juega en el alma del argentino que resuena con la frustración de Messi, el arrojo inútil de Mascherano o la impotencia de Sanpaoli. Ciertamente quedarse fuera del mundial puede hacer sentir a más de un hincha absolutamente desamparado. No es algo comparable, pero por esos andariveles emocionales me gustaría llevar la pelota en este 6-O. Qué puede sentir un catalán -no un “catalanista”, porque ellos se han encargado bien de expresarlo- al que de la noche a la mañana se le retira el pasaporte español y se le dice que ya no pertenece a Europa?

Un desgarro interno que ha llevado al llanto ante las cámaras a Gerard Piquet que siendo catalán hoy vestirá la roja para representar a España.

El desconcierto de aquellos que se dan cuenta que para ir a visitar a sus amigos y familiares que viven en Madrid, en Andalucía o cruzando un río o una calle, van a tener que pedir visado; o se les exigirá mostrar su pasaporte ( eso sí, de última generación).

Ya no hablamos de los empresarios -lo hicimos ayer – que comenzaron desde bien temprano con malabarismos burocráticos para no verse enredados en este despropósito descomunal.

Hablamos de simples profesionales, de jóvenes estudiantes, de famosos jugadores de fútbol (que también, de la noche a la mañana por estar fichados en el Barça se verían obligados a dejar de jugar en la Liga española o en la Champions Ligue).

Por eso, como diría el catalán quizá más famoso de nuestro tiempo, Joan Manuel Serrat, “que va ser de ti, lejos de casa… Nena, qué va ser de ti?”. El tan querido Joan Manuel que siempre supo posicionarse contra todos los dictadores, desde Franco a Pinochet pasando por Videla, y es un ciudadano orgulloso de haber nacido en Barcelona y en España.

Un catalán de cepa indiscutible pero que sabe cuidarse de los cantos de sirena del fanatismo. Aquel que emociona con sus inspiradas baladas a sus coterráneos que lo escuchan en su propia lengua y al resto del mundo que aprecia la lengua de Cervantes con poemas del sevillano Manuel Machado o del alicantino, Miguel Hernández. Por ser un hombre lúcido y sensible sabe bien que los nacionalistas son fanáticos que solo creen en su propia verdad y a la larga o a la corta no respetan las ideas ni las emociones ajenas. Se visten de patriotas y juegan a ser demócratas pero arrastran a muchos miles a precipicios inenarrables.

La historia trágica de los nacionalismos puede llenar bibliotecas enteras. El de los catalanes que no se sienten españoles tiene sus varios volúmenes y se acomodan en anaqueles muy antiguos, de al menos 400 años.

Pero más allá de las argumentaciones históricas que sustentan estas raíces, las expresiones radicales de los nacionalistas han terminado siempre en detonaciones emocionales catastróficas. En Europa estos nacionalismos que fueron haciéndose cada vez más extremos llevaron a sus sociedades a los momentos más tremendos de su historia. Sin ir muy lejos, pensemos en el nacionalsocialismo alemán y las consecuencias de la Segunda Guerra Mundial o más recientemente, la guerra en los Balcanes entre serbios y bosnios…

Los que tenemos la suerte de vivir en un tiempo donde, mal o bien, ya se han superado esas etapas violentas, solo nos quedan las iras y las penas de ver que la propia casaca de la Selección nacional se vea mancillada. Pero en Cataluña -lo he señalado en mis notas anteriores- el riesgo primero no es el de la impostura de la declaración unilateral de independencia – la “DUI”- frente al gobierno español sino el conflicto entre los unos y los otros que habitan el mismo suelo.

A los tumbos pero de un modo que finalmente había logrado “conllevarse” – como propiciaba Ortega y Gasset- un catalán podía sentirse muy catalán sin renunciar a sentirse también español. Difícil equilibrio pero que a nadie daña. No muy diferente a lo que siente un gallego de A Coruña, un andalus de Granada o un vasco de Bilbao. En aquel invento consensuado de las “autonomías” creado por los constitucionalistas españoles en 1978 y que aún rige en esta nación todos tenían su lugar sin sentirse heridos en sus sentimientos de patria chica.

Recordemos de pasada -porque eso es lo que en el fondo se discute en estos días- que en el referéndum de aquel año para la ratificación del Proyecto de Constitución la pregunta planteada a todos los españoles fue “¿Aprueba el Proyecto de Constitución?”.

El Sí fue aprobado por el 87,78 %. Y los de la provincia de Barcelona superaron la media nacional, con el 91%, parecido a los de la provincia de Gerona -hoy los más rebeldes de todos- superando con su Sí por más de 10 puntos a los votantes de Burgos o de Toledo…

La posibilidad de aggiornar aquella constitución es algo en la cual están de acuerdo casi todos los partidos en el amplio y muy democrático parlamento español. Pero si se es verdaderamente demócrata hay que hacerlo de manera constitucional, dentro de los mecanismos que se han dado en aquel momento. O acaso pactando, alguno nuevo.

Por eso, ahora, lo más sabio que pudiera hacer Puigdemont y su equipo, es parar la pelota, mirar bien la cancha y saber respetar al adversario.